“Se está perdiendo la verdad de las cosas”, me decía hace poco un amigo. Y me quedé pensando en la expresión, tantas veces oída antes. “La verdad de las cosas”. Pocas veces una abstracción como esa es tan fácilmente asimilable por todos. La he oído –todos en realidad lo habremos hecho, estoy seguro– en multitud de contextos. Lástima, concluí al cabo de un rato dándole vueltas al asunto, que es, entre otras cosas, para lo que sirve un confinamiento de un mes, lástima, decía, que se esté perdiendo. La expresión no, la verdad de las cosas. 

Hubo un tiempo, cada vez más olvidado, en que actuábamos con naturalidad. Incluso cuando nos tocaba hacer cosas que no nos apetecían: en Navidad tocábamos la puerta del vecino y brindábamos con ellos, porque nos unía un afecto sincero; y si era el vecino plasta el que tocaba la nuestra, nos movía una natural cortesía que nos empujaba a una igualmente natural hipocresía (hipócrita viene de hypocrates, “actor”). Pero ahora, si brindamos con el vecino –o si aplaudimos en la ventana a las ocho de la tarde, montando a continuación un bingo vecinal, o un Veo-Veo, o un concierto de ocarina para animar la cuarentena del vecindario–, sentimos la necesidad de publicitarlo. De contarlo. Tal vez el frenesí de las redes sociales, lejos de facilitarnos la vida, nos la ha complicado, multiplicándonosla. Ahora debemos atender a una proyección de nosotros mismos en cada red social. Que no es, claro, la misma cosa: nuestra vida, la de verdad, y la que mostramos en las redes sociales, donde se nos permite moldear la apariencia física, la talla intelectual o hasta la profundidad espiritual, maquillándonos a placer, sin límites. Antes, los hipócritas –es decir, los actores– a tiempo completo, estaban solo en la tele y en el cine. En el espectáculo en el que sólo, por lo general, éramos público; y ahora sin embargo, cierta dosis de protagonismo cae sobre nosotros. Y lo curioso no es solo eso, sino cómo eso ha terminado condicionando a nuestra propia forma de vivir la vida. A nuestro YO real. A nuestra auténtica Verdad. 

Mi amigo me decía eso de que se está perdiendo la verdad de las cosas cuando hablábamos de cofradías, y no le faltaba razón. Si somos medio actores –hipócritas, no olvidemos– a tiempo completo, no íbamos a ser menos en nuestras cosas sagradas. Una pena, pero sí. Y hay cierta pérdida de autenticidad en muchas cosas de lo que hacemos. Como ese vecino que, hace algún tiempo, si deseaba ayudar a sus vecinos mayores a hacer la compra se plantaba en su puerta y, con una sonrisa sincera, le ofrecía su ayuda y, si la aceptaban, cumplía su parte y recibía el también sincero agradecimiento del beneficiado; pero ahora, ese vecino no toca ninguna puerta, sino que escribe un papel con una bonita caligrafía, bien legible, lo cuelga en su puerta y le hace una maravillosa foto para publicarlo en Facebook. Aunque a su vecina Maruja, del 5º izquierda, de 83 años, que es la que quizás necesitase esa ayuda, no tenga acceso a Internet. Porque lo importante no era el gesto, sino contarlo. 

Y como eso, muchas otras cosas. Esa necesidad autoimpuesta de ser actores –esto es, hipócritas– a tiempo completo ha hecho que concedamos mucha más importancia a las formas, que al fondo, que a la verdad. Y nos ha convertido, además, en enfermos de una sobreactuada –ya saben a lo que eso equivale, a estas alturas del artículo– sensiblería. Porque si algo nos conmueve o nos afecta, alguna causa despierta en nosotros una repentina empatía o solidaridad, lo que nos interesa, en realidad, es que ese sentimiento quede inmediatamente proyectado hacia el exterior, en lugar de dejar que penetre en nosotros, conmoviéndonos, llevándonos a una natural compasión –que viene, ya puestos en lo etimológico, de padecer con–, nos interesa airear en su estrato más superficial esa sensibilidad. Y pasa que, cuando otro hecho sobrevenido nos asalta, y con él es otra la sensibilidad y la conmoción que produce en nosotros, se solapa a la anterior, que ya ha caducado porque nunca llegó a penetrar en nosotros de verdad. Caduca, como todas las cosas falsas. Como todas las hipocresías. 

No ha habido día de la Semana Santa en la que alguien no haya lamentado en redes sociales su amargura por no haber podido realizar estación de penitencia, como es perfectamente natural y esperable. Pero También ha sido frecuente ver cómo se ha llegado al paroxismo de dramatizar cada día de la semana el dolor terrible por no poder ver en la calle o participar en la procesión tal o cual, en la que se sale por afición a la música o a la costalería, para después de publicar tan desagarradores alegatos, quedar con los colegas por videoconferencia y echar unas risas y unas copas. Y luego, a continuación, subir captura de la tertulia virtual. Como si nada, en una misma tarde. Del dolor a la alegría, en un salto. Como un actor, un hipócrita, se cambian de vestuario en el desarrollo de una larga, casi constante, obra de teatro. 

El pasado Lunes Santo el Evangelio del día apuntaba a esto. O eso creo, porque yo no soy exégeta. Cuando Judas reprocha a Marta usar con Jesús un caro perfume para enjugar sus pies, en lugar de venderlos y dar el dinero para los pobres y necesitados. Pero ahí, Juan el Evangelista desmonta, poniéndonos en alerta con nosotros mismos, la teatrera caridad del traidor: “Lo decía, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón; y, como llevaba la bolsa, sustraía de lo que echaban”. 

Tal vez hoy, Sábado Santo, sea buen día para darle una pensada a esto. A qué hay detrás de todo lo que decimos, expresamos u obramos. Si hay una verdad sincera, o si hay algún beneficio propio –de nuestro ego, protagonismo o alguno incluso más espurio– que nos mueva a ello. Porque lo cierto es que, como decía mi amigo, “cada vez hay menos verdad en las cosas”. 

Artículo de opinión por:  José Antonio Domínguez Mateos

 

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>