Fue hace muchos años, en una de esas charlas improvisadas que nacen bajo el manto de la patrona de la ciudad, la Virgen de la Merced, cuando el padre Felipe Ortuno Marchante, sin saberlo, lo cambió todo.

Vocación. Así definió el trabajo que realizábamos aquella cuadrilla que cada año se acercaba a la basílica cuando el calendario se acercaba a septiembre. Un concepto que aglutinaba otros ya argumentados, como la fe, la devoción, el oficio, la profesionalidad. No era un vocablo excluyente, sino aglutinador. No buscaba diferenciarse de otros, sino encontrar un lenguaje común donde todos los costaleros, y también sus detractores, se sintieran representados.

Y sin darnos cuneta, lo adoptamos en nuestro vocabulario como algo propio. Vocación de ser costaleros. Sin más, pero también sin complejos.

Y aquí estamos, un año más, a primeros de año presentando un calendario de ensayos e igualás que puede parecer extenuante, pero que nosotros encontramos ilusionante. Tenemos una nueva oportunidad de devolver a las cofradías tanta gratitud y tanta generosidad, la que demuestran al poner en nuestras manos sus cuadrillas de costaleros. Debemos ser exigentes con nuestro trabajo, y a la par, ser plenamente felices y disfrutar la época que ahora comienza.

Somos costaleros de Cristo y de su bendita Madre. Y lo somos por convicción personal. Por fe. Por afición. Por orgullo de pertenencia. Por sentimiento. Por amistad. Por compañerismo. Porque queremos.

Por vocación.

Martín Gómez Moreno.

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